NUESTRO ESCUDO Explicación. Pbro. Jairo Gómez A.

El escudo del Seminario encierra el ideal del hombre que en él se forma; todos sus esmaltes y colores, sus figuras y su lema entusiasman. Sobre el campo azul brilla una estrella de oro de cinco puntas, el azul significa nobleza y caballerosidad, disciplina y serenidad, y la estrella representa a la Virgen María ejemplo de obediencia y patrona del Seminario. También la estrella es el ideal del seminarista, llamado a la excelencia.

En la barra de Sinople, aparece la Cruz de oro; es arma de concesión del escudo del Obispo fundador del Seminario, Excelentísimo señor Jesús Antonio Castro Becerra, la Cruz domina la barra de Sinople que es símbolo de esperanza y la vida perenne. En el campo de Gules sobresale un águila explayada: el águila es símbolo de San Juan Evangelista, patrono del Seminario. Aparece el águila en campo de Gules, porque significa este color el amor, San Juan con su signo resalta como ejemplo de amor y virtudes.

Fue San Juan el primero en el amor a Jesús, el primero en la interpretación mística del mensaje de Galileo: el primero en escrutar los horrores del fin de los tiempos; el primer discípulo de la Virgen María. El águila como tal, también despierta en el seminarista la inquietud de cómo conducir la vida: Con nobleza, con altura de miras, con la constancia con que ella avanza hacia las alturas; es símbolo de la superación y rechazo a la mediocridad.

La barra de Sinople une los dos campos el de Gules y el de Azul, la vida perenne es la conjugación de la obediencia y del amor, virtudes que dieron la victoria a Cristo y con las cuales conseguirá el sacerdote y el líder católico la construcción del Reino de Dios y la Salvación de mundo.

El lema del escudo hermosísimo; sólo capaz de grabarse en corazones juveniles y entusiastas en mentes ágiles como las águilas y puras y brillantes como estrellas: “Confiemos en la victoria de la Cruz”; porque solo en la Cruz se salvará el hombre; sólo en la Cruz aprenderá a vivir; sólo en la Cruz conseguirá el amor que debe impulsar todo acto humano como impulsa las obras de Dios.